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 Un oscuro pasado 2/?

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Alejandro Calero
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Mensajes : 48
Fecha de inscripción : 20/03/2014
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Localización : España

MensajeTema: Un oscuro pasado 2/?   Sáb Mayo 10, 2014 8:12 pm

Capítulo 1: Sueños y recuerdos.

Mi vida había comenzado nuevamente. Por fin podría empezar de nuevo e intentar olvidar todo lo ocurrido hasta el momento. Eso era lo único que me importaba, el hecho de poder volver a vivir tranquilamente hacía que me sintiera mejor.

Mi familia se había mudado a un pequeño pueblo alejado de la mano de dios. Apenas contaba con unos pocos miles de habitantes. Los suficientes como para que el pueblecito saliera en los mapas, pero no los bastantes como para que fuera reconocido y atrajera a los turistas. Estaba bastante agradecido con mi familia por haber decidido mudarse, ya que les había supuesto un gran esfuerzo hacerlo, pero, finalmente lo logramos.
El primer día que asistiría a clases sería el miércoles, y era domingo, por lo que aún tenía tiempo de sobra para poder ver el pueblo y conocerlo un poco, además de que seguramente me cruzara con algunos de mis compañeros de clase. Esto último me ponía nervioso, ya que durante mucho tiempo me había incomodado la presencia de más personas a mi alrededor, hacer amigos no era algo que me entusiasmara realmente.

Llegamos a la casa por la tarde. Los camiones de la mudanza ya habían descargado las cajas, y estas se encontraban en el recibidor. Mis padres y yo nos pasamos el resto del día abriendo cajas y colocando su respectivo contenido en las diferentes habitaciones a las que se debía situar los útiles. No nos llevó demasiado tiempo colocar todo, ya que, teníamos pocas posesiones, y los muebles ya venían junto a la casa.

–¿Mañana visitarás el pueblo? –Mi madre me preguntó mientras me miraba con escepticismo.
No respondí y solo asentí, mientras tanto, comí un poco de carne del plato.
–Será mejor que lleves algo de dinero. –Mi padre tenía la mirada fija en el televisor, ni siquiera se giró para decir estas palabras.
–Es un pueblo pequeño, por lo que seguramente te encontrarás a varios de tus compañeros de clase. –Nuevamente mi madre me habló, hizo una pausa para comer y prosiguió con la conversación. –Sé amable con ellos, ¿vale?
Una vez más no dije nada y me limité a asentir mientras seguía devorando el contenido de mi plato. Tras terminar de cenar, me levanté y me dirigí a la cocina. Me di cuenta de que no teníamos lavavajillas en la casa, por lo que mascullé una palabrota y me dispuse a lavar el plato junto a los cubiertos.
–Por cierto. Al parecer dentro de poco habrá una fiesta en todo el pueblo. –Añadió mi madre mientras se terminaba lo poco de comida que le quedaba en el plato. –Por lo que me han comentado, la festividad tiene más de cien años de antigüedad, es una buena oportunidad para que hagas amigos y quizás, conozcas a alguna chica que te... –La interrumpí al momento.
–Sabes perfectamente que no tengo ningún interés es ese tipo de cosas. –Terminé de lavar el plato y lo dejé escurrir junto al fregadero, y sin nada más que hacer, decidí irme a mi habitación.
–Me voy a mi dormitorio. –Avisé con desdén y me dirigí hacia mi habitación.

La casa era bastante espaciosa, no había problemas de almacenaje, y esto era algo que mis padres agradecían. Al ser una vivienda tan grande, quedaba un poco vacía en algunos lugares de esta, pero era algo que se arreglaría con el paso del tiempo, tras comprar algunos muebles más.

Al entrar en la estancia pude notar que el ambiente estaba cargado de humedad. Llevaba mucho tiempo sin abrirse el dormitorio, por lo que era normal, además de que pude percatarme de que también olía a cerrado, esto último era algo que me molestó, ya que no era un olor agradable.
Decidí abrir las ventanas y correr las cortinas durante unos minutos, tras hacer esto, me recosté en mi cama y cogí un libro que había dejado junto a la mesita de noche.
Leí durante una hora, hasta que me encontraba lo suficientemente cansado como para no poder continuar con la lectura, se me hacía pesado el leer cada palabra, marqué la página por la cuál había dejado la lectura y dejé el libro en el mismo lugar en el que anteriormente lo había dejado.
La primera noche en un nuevo hogar, era una de las cientos de cosas que se me venían a la cabeza en aquellos momentos. Recordaba todo lo que me había pasado en la anterior ciudad en la que vivía. Amargos recuerdos que no podía olvidar, recuerdos que me marcaban, pensamientos que retumbaban en mi cabeza, una y otra, una y otra vez, hasta que, pensando en ellos, conseguí cerrar los ojos y dormir.


Abrí los ojos, y frente a mí los pude ver. Eran ellos, unos alumnos de bachillerato, eran tres, y estaban dando patadas a algo en el suelo, no se movía, pero lo golpeaban con fuerza.
Con inseguridad me acerqué para poder ver que era exactamente lo que estaban pateando, lo vi, me di cuenta. Mis ojos se abrieron más de lo que nunca lo habían hecho, y no pude hacer nada, me acerqué a ellos, grité, uno de ellos, el más corpulento, se dio la vuelta, y con cara de fastidio se dirigió hacia mí. Me pegó un puñetazo que casi me desencajó la mandíbula. Caí al suelo por la fuerza del golpe, y con impotencia, contemplé la escena.
Golpeaban a un pequeño gato callejero, estaba cubierto por su propia sangre, pero a sus atacantes no parecía importarles lo más mínimo. No daba señales de vida, no respiraba, no se movía, nada...
Al cabo de unos instantes, tras hartarse de golpear al pequeño animal, los tres alumnos se fueron del lugar, riéndose entre dientes y comentando las pocas patadas que el animal había soportado.
Me acerqué lentamente hacia el animal, horrorizado, pude percatarme de que tenía rotas varias patas, y seguramente, también el cuello.
Lo contemplé desde muy cerca, me eché a llorar. Sentí rabia, dolor, impotencia, tristeza, culpa, ansiedad, desolación, pero, sobre todo, desprecio. Desprecio hacia aquellas personas que habían hecho aquello. Casi sin fuerzas, me enjugué con la manga de la camisa las lágrimas, que no me permitían ver con claridad, y me levanté. No sabía dónde estaba, no conocía el lugar, lo único que podía ver era el cuerpo del animal en el suelo, encharcado en su propia sangre, lo miré de nuevo, y el dolor me invadió. Una vez más aparté la vista, cerré los ojos en un intento por no llorar y me di la vuelta.

Me desperté, estaba sudando, me quemaba el pecho, la rabia me corroía aún, pero tras un momento observando la estancia, me pude dar cuenta de que me encontraba en mi habitación. Los rayos del sol atravesaban débilmente las cortinas, pero no lo suficiente como para que fuera una molestia.
Para mis adentro me dije.
–“Siempre los mismos sueños” –Rememorando los hechos que habían sucedido, todo era tan real, y a la vez, tan ficticio, pero, algo sabía con certeza, y es que, realmente, lo que en el sueño presencié, llegó a suceder en la realidad.
Volví a llorar. Nuevamente recordé el sueño, aún a día de hoy seguía sintiéndome igual de frustrado.
– ¿Por qué? ¿Por qué tienen que suceder este tipo de cosas? – Cerré los ojos y mis lágrimas cayeron sobre la sábana, que aún me tapaba.
Respiré hondo, y me levanté. Al igual que en el sueño, me sequé las lágrimas de ambas mejillas, e intentando parecer lo más tranquilo posible, salí del dormitorio en dirección a la cocina.
Mientras recorría el largo pasillo que separaba ambas habitaciones, miré el reloj de pulsera que llevaba puesto. Las nueve y cuatro minutos, mascullé una palabrota y seguí con paso firme hacia la cocina.
Mis padres no estaban, había salido a trabajar, por lo que me encontraba yo solo en la vivienda. Al igual que en la anterior casa, repetí el mismo proceso. Coger dos rebanadas de pan, ponerlas en la tostadora, esperar, sacarlas con cuidado, ponerlas en un pequeño plato, ponerles mantequilla y mermelada, y acompañarlas con un tazón de leche.
No era algo que me molestara, estaba acostumbrado, siempre he pensado que era algo necesario de la rutina.

Tras desayunar, me duché, me peiné y sin prisas, me vestí, para luego cepillarme los dientes y salir con buen aspecto a la calle. Estaba nervioso, muy nervioso, pero sobretodo, incómodo.
No sabía con qué clase de personas me encontraría. Era una sensación de desasosiego y de inseguridad.

– “Me han hecho tanto daño, que ya no puedo ni siquiera confiar en las personas de mi propio entorno. Irónico, ¿no?” –Pensaba esto mientras cogía las llaves de la casa para salir a la calle.
Abrí la puerta, y antes de salir, di un largo suspiro, y nuevamente me dije.
–“Intenta olvidarte de todo lo que ha ocurrido hasta ahora y simplemente disfruta del tiempo que pases tanto solo como con personas.” –Cerré la puerta, y pasé la cerradura con la llave, metí la llave en uno de los numerosos bolsillos de mi pantalón y empecé a caminar por las calles del pueblo, sin una dirección a la que dirigirme, simplemente, viendo todo lo que encontraba por los caminos.
Era muy tarde, y todos los alumnos ya se encontraban en el colegio, por lo que no me iba a encontrar a nadie de mi edad en las calles, cosa que hizo que me tranquilizara y me permitiera relajarme mientras contemplaba los distintos edificios, paisajes y demás lugares del pequeño pueblo.

Caminé por la calle principal del pueblo, a ambos lados de esta pude ver distintos comercios, pequeñas tiendas de alimentación, locales en los que se vendían distintos tipos de ropa y algunos otros establecimientos. No había punto de comparación entre la ciudad en la que había pasado mis años anteriores viviendo y el pueblo en el que me encontraba. Las calles de la gran ciudad estaban atestadas de gente, en cambio, en el pequeño pueblo, las personas que paseaban tranquilamente por las calles se podían contar con los dedos de ambas manos. Al principio me resultó tan inquietante como reconfortante. Pocos vehículos circulaban, apenas se podían oír las voces de las personas, por lo que el ruido era mínimo, y el aire que se respiraba no estaba cargado de contaminación, al contrario, el simple hecho de respirar hacía que mereciera la pena el haberme mudado al pueblo.

El tiempo transcurrió rápidamente, y pude disfrutar de las vistas que ofrecía el pueblo, el cual, estaba rodeado por un inmenso bosque en todas direcciones, exceptuando la dirección en la que se había hecho la carretera de acceso al municipio.
Cuando me di cuenta de la hora que era, me alarmé rápidamente, mis padres llegarían en poco tiempo a la casa, y lo mejor era que me apresurara a llegar lo más pronto posible a la vivienda.

Durante el trayecto de regreso, pude percatarme de que una chica de mi edad caminaba por la calle contigua a la que yo me encontraba. Era de una estatura un poco menor que la mía, su rasgos revelaban lo sería que se encontraba. Parecía parte de su carácter. Tenía el pelo bastante largo y era de color castaño oscuro. No pude apreciar el color de sus ojos, aunque mientras la observaba detenidamente, esta se dio cuenta de que la miraba. Nuestras miradas se cruzaron durante unos momentos, hasta que una mujer, que debía ser su madre le llamó. Esta la miró un momento, y yo decidí continuar mi camino.

Al llegar a casa, mis padres aún no habían llegado, cosa que hizo que me tranquilizara. Preparé la mesa y coloqué los cubiertos, y a continuación me dirigí a mi dormitorio, lugar en el que limpié y recogí lo que no pude hacer el día anterior.
Tras terminar de recoger, mis padres llegaron a la vivienda, me saludaron y calentaron la comida, para posteriormente, servirla en los platos. Comimos y hablamos sobre temas sin importancia.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Leí durante el resto del día, ya que no daban ningún programa en la televisión que me interesara, y así, pasaron las horas, hasta, que al igual que el día anterior, volvimos a tener la misma conversación en el salón, mientras los tres cenábamos.
Era parte de la rutina, pero ya no me sentía tan frustrado como el día anterior. Había visitado el pueblo y recorrido las distintas calles que lo conformaban, y el saber, que poca gente caminaba por las calles, que apenas había contaminación y ruido y que el paisaje era reconfortante hacían que me sintiera mucho mejor. Quizás me sentía un poco aliviado por el hecho de no haberme cruzado directamente con ningún futuro compañero, pero en general, el día no había ido mal.


Me recosté sobre mi cama y una noche más intenté dormir. Tan solo la tenue luz de una farola cercana a nuestra casa iluminaba ligeramente la habitación. Tan solo una fina línea conseguía atravesar la cortina de la ventana, iluminando parte del dormitorio. Me quedé mirando la luz hasta que cerré los ojos y no los volví a abrir.

Se había suicidado. En todos los periódicos se podía leer la noticia. Mi mejor amiga estaba muerta, y yo no pude hacer nada por ella. La desesperación y la desesperanza acabaron con ella antes que conmigo. Se había lanzado al vacío. Una caída de diez metros, su vida acabó de esta triste manera. Ni siquiera un adiós, ni siquiera una falsa sonrisa de despedida, nada, se había marchado sin tan siquiera despedirse.
Una vez más, lloré. Lloré por ella, por todo lo que había sufrido, por todo lo que tuvo que soportar, no me di cuenta, hasta que fue demasiado tarde. Alcé la vista hacia el techo y las lágrimas cayeron sobre el periódico, que apenas podía sostener. Seguí llorando, sin preocuparme de lo que pudieran pensar los que se encontraban a mi alrededor.
Si lo pensaba detenidamente, podía darme cuenta de que ellos le habían provocado la muerte, le habían atosigado, mermado, destrozado física y psicológicamente, hasta tal punto, que no pudo más, y estalló.
Los compañeros de clase, que me habían dado el periódico con una sonrisa en la cara, me miraban aún más contentos. Me invadió la rabia.
–¡¿Cómo podéis sonreír?! –Mi voz se quebraba más con cada palabra.
–No hemos hecho nada. –Respondió uno de mis compañeros.
–Era una estúpida, tan solo quería llamar la atención.
–No tenía remedio, se lo merecía.
–Era una puta.
Todas las respuestas se clavaban en mi corazón como un puñal.
– ¿Cómo podéis decir esas cosas de ella? ¡Ni siquiera la conocisteis! Nadie la entendía... –Mis palabras casi no se oían. No tenía ni siquiera fuerza para responder a la multitud de personas, que se acercaban cada vez más a mí, para poder observar mi dolor, mofarse de él.
–Tú tienes la culpa.
–Sí, todo es culpa tuya.
–Tú le has causado la muerte.
Todos sonreían alegremente y se reían.
No respondí. Me limité a agachar la cabeza y a llorar en silencio.
–La nenita sigue llorando. –Dijo en voz alta uno de los alumnos, mientras se reía.
Todos empezaron a mirarme con desprecio y a murmurar insultos, que podía llegar a oír, pero que no quise escuchar.

Salí corriendo. Abandoné el aula, hui, como un cobarde. Intentando evadir la situación, intentado alejarme de todo, no pensar, no sufrir, simplemente, desaparecer.

El largo pasillo de la escuela era interminable, no se acababa, no había salida. Pero tampoco quería mirar a atrás. Me limité a seguir corriendo, aun llorando, aún desesperado, y, en ese momento, me tropecé, y caí al suelo.
Una vez más, me desperté, la ansiedad se apoderó de mí. Miré a mi alrededor rápidamente, no había nadie, tan solo estaba yo, en mi dormitorio.

Me dirigí a la cocina una vez más. Al igual que en el día anterior, mis padres ya habían salido a trabajar, por lo que estaba solo en la casa.
Me preparé el desayuno y tras acabarlo, con toda la tranquilidad del mundo, lavé la vajilla que había ensuciado. Me duché, me vestí y vi durante un tiempo la televisión. Durante toda la mañana no pude pensar más que en el tener que ir el día siguiente a clases. ¿Qué clase de “compañeros” tendría? ¿Ocurriría lo mismo que en la escuela anterior?
–“No, no pudo seguir pensando de esta manera.” “Todo seguirá igual si no cambio mi mentalidad.” –Me decía esto a mí mismo mientras me preparaba para salir de la vivienda.
Suspiré y con cuidado abrí la puerta de la entrada de la casa. Salí de la casa con inseguridad, pero al ver que ninguna persona se encontraba en la calle hizo que me tranquilizara y me diera cuenta de que no me encontraba en la gran ciudad, por lo que respiré profundamente y me dije para mis adentros.
–“No te encontrarás con nadie, todos están en las clases.” –Rápidamente moví la cabeza para intentar deshacer el pensamiento que acababa de tener. ¿De qué me serviría evitar a mis compañeros si tarde o temprano tendría que enfrentarme a ellos?
Me limité a no pensar más en ello y simplemente dar una vuelta por el pueblo, y familiarizarme más con todos los rincones de este.
Recorría las pequeñas calles del pueblecito. En algunas de ellas se podían encontrar pequeñas tiendas en las que los vecinos realizaban a diario compras, o simplemente se acercaban para mantener conversaciones con otras personas que entraran.
Me pude percatar de que la mayoría de las casas eran de una sola planta, pero también amplias. Me pregunté si sería barato el terreno en el pueblo, ya que en todas y cada una de las calles por las que pasaba, no hacía más que encontrar este tipo de viviendas.
No quise prestarle más atención al asunto y me limité a observar con detenimiento todo lo concerniente al pueblo. Sus habitantes, sus costumbres, conversaciones, trabajos, etc… Todo era de lo más normal, incluso a algunas personas les llegaría parecer aburrido y repetitivo. Mantener siempre las mismas conversaciones. Hablando sobre lo mismo, ya que al ser un pueblo tan pequeño, los temas de conversación giraban en torno a lo mismo.
Pero no. No me aburría, ni me sentía incómodo con todo aquello, es más, era lo que siempre había buscado. Tratar temas sin importancia, hacer como que todo el mundo no existiera. No me malinterpretéis, con esto, quiero decir, que nadie se preocupaba por lo que estuviera ocurriendo fuera del pueblo. “Cada quién tiene sus problemas. No me voy a preocupar por lo que ocurra fuera de nuestro pueblo.” Le oí decir a un anciano que hablaba con dos hombres de su misma edad. Trataban temas sin importancia, hablaban del trabajo, de lo que les ocurría día a día, anécdotas de sus vidas y otros temas parecidos.
Se respiraba paz en el pueblo y era algo que agradecía tanto como la brisa cálida que sentía al caminar, como el aire fresco y puro, como el relativo silencio en las calles, como las animadas conversaciones entre los vecinos. Todo era perfecto, no podía sentirme mejor en aquel lugar.
Caminé durante una hora por el pueblo, hasta que decidí que había visto suficiente, y que podía empezar a observar los alrededores del mismo. Me dirigí a la parte este del pueblecito. Una extensa colina se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había visto nada igual desde que había llegado al pueblo.
Decidí ascender hacia la colina. Los árboles no me permitían ver la cima de esta, pero el caminar bajo estos por primera vez fue una sensación increíble. Una ligera briza agitaba las ramas y hojas de los árboles, pude oír el leve sonido de estas, pude oír el sonido de algunos pájaros de la zona y pude sentir cómo el cálido viento chocaba contra mi cara. En la ciudad nunca había tenido la suerte de presenciar nada parecido, por lo que estaba maravillado, pero eso no hizo que me quedara en el lugar, seguí ascendiendo hacia la cima de la colina con paso firme, mientras el viento agitaba las hojas de los árboles y se podía escuchar su murmullo, al rozar unas con otras y al ser agitadas.
Tres minutos después conseguí llegar a la cima. En ese momento la vi, allí sentada, observando con la mirada perdida el extenso bosque que se extendía tras la colina. Su pelo de color castaño oscuro ondulaba debido a la cálida briza. La observé durante un instante y me acerqué. No quería hablar con ella, solo contemplar el paisaje, disfrutar de la vista.
Me senté y crucé las piernas. Observé todo el paisaje que se encontraba más allá de la colina. Un gran bosque se extendía a lo largo y ancho del territorio, entre los árboles, pude ver una gran extensión de agua. No era un embalse ni un pantano, era un lago bastante grande. Lo primero que me pregunté, fue cómo podría un lago tan grande encontrarse allí, en medio del bosque, no había ningún río alrededor, por lo que en un primer momento me resultó extraño.
– ¿Estás mirando el lago? – Por primera vez oí su voz. Una voz grave, pero a la vez suave y reconfortante.
Me limité a asentir, y a seguir observando desde allí el terreno.
–Un afluente subterráneo alimenta al lago, ese es el motivo por el que no se ha secado. –Hizo una pausa para observar el lago y a continuación se giró y me observó, yo no me giré inmediatamente para mirarla, lo primero que hice fue simplemente seguir observando el lago. El sol reflectaba en el agua, y era una visión muy agradable. – La mayoría de la gente del pueblo piensa que es debido a las lluvias, que constantemente caen en la zona. –Nuevamente examinó el lago y se volvió a girar para observarme. –Pero no es así, estoy segura de que no.
Durante unos segundos se hizo el silencio, y con tranquilidad le repliqué:
–También lo creo así. Dudo mucho que la lluvia consiga llenar ese inmenso lago. – Por primera vez me giré para verle la cara, y al hacerlo me sorprendí.
– ¿Eres la chica con la que me crucé ayer?
Me miró a los ojos y se limitó a asentir. El color de sus ojos era negro como el azabache. Las facciones de su cara eran perfectas, era preciosa.
– ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunté intentando ser todo lo respetuoso posible.
–Desde ayer me encontraba mal. He faltado a clases para ir al médico, y esta mañana no me encontraba muy bien. – Apoyó sus brazos en la hierba y se reclinó. – Pero ya me encuentro mucho mejor.
El silencio se apoderó del lugar. Yo me había acostado sobre la mullida hierba, y observaba el cielo y las nubes, ella me había imitado y al igual que yo, observaba el cielo.
– ¿Acabas de mudarte? – Noté curiosidad en el tono de la pregunta.
–Sí. – Dije con serenidad.
– ¿Vienes de una gran ciudad? –Su tono delataba cada vez más la curiosidad que sentía.
–Sí.
– ¿Por qué te has mudado a este pueblo? –Las preguntas no parecían tener fin, pero tampoco me importaba lo más mínimo.
–Para olvidar. –Mi tono de voz cambió sin quererlo, mucho más serio le respondí. –Para olvidar y no volver a recordar.
Al momento la chica se incorporó, me miró muy extrañada y con recelo me preguntó:
– ¿Qué quieres olvidar?
Me giré y aún tumbado sobre la hierba le pregunté con mucha más seriedad de la que había usado para hablar hasta el momento:
– ¿Estás segura de querer escuchar todo lo que me ha sucedido hasta ahora?
Caviló durante un instante, pero rápidamente asintió enérgicamente, la curiosidad podía con su inseguridad.
Le conté todo lo que me había ocurrido, todo lo que había vivido, le hablé sobre los sueños que tenía todas las noches, lo desesperado que llegué a estar, el dolor de perder a un ser querido, el maltrato físico y psicológico, todo, absolutamente todo.
Me llevó alrededor de una hora explicarle las distintas situaciones, pero finalmente, cuando terminé de contarle mi historia, ella estaba allí, mirándome con asombro y me formuló una pregunta más, pero lo que me preguntó lo hizo con sumo cuidado y en voz más baja.
– ¿Nunca pensaste en suicidarte? – Su voz se quebró cuando dijo la última palabra.
– ¿Por qué lo preguntas? – Tenía una cierta idea del porqué de que me formulara una pregunta cómo aquella, pero en cuanto rehuyó mi mirada supe el porqué.
–Entiendo. –Dije con toda la calma y tranquilidad que pude. – El suicidio no es una opción. –Suspiré durante unos segundos y seguí hablándole. – Es fácil acabar con tu vida y morir, pero lo que es realmente difícil, es vivir.
La chica parpadeó durante un instante y se incorporó para poder levantarse. Hice lo mismo que ella. Cuando miré mi reloj de pulsera me pude dar cuenta de que eran las dos de la tarde pasadas, mis padres ya habían comido, y seguramente se preguntarían que estaría haciendo.
Hice una mueca de desagrado y la chica se dio cuenta del gesto que había hecho, pero no dijo nada, se limitó a observarme con curiosidad.
–Me tengo que ir. – Anuncié con prisas mientras me daba la vuelta para descender por la colina.
– ¡Espera! – Me miró y con un tono de voz ahogado me preguntó:
– ¿Podríamos hablar esta tarde? – Su semblante se había vuelto más serio .
Me encogí de hombros y le repliqué.
–Sí, no hay problema. –Hice una pausa antes de continuar. – Pero, siento curiosidad, ¿cómo te llamas?
–Nadia. –Caviló después de decir su nombre y continuó hablando. – Esta tarde a las cinco en este mismo lugar, ¿te parece bien?
Asentí, me di la vuelta y empecé a descender, pero antes de perder de vista a la chica, le repliqué.
–Nos vemos más tarde, Nadia.

Entré por la puerta y pude oír el sonido de la televisión. Mis padres se entretenían viéndola. Miré el reloj nuevamente, eran las dos y treinta y cuatro minutos.
– ¿Dónde has estado? – Mi madre sentía rabia, pero aún más curiosidad.
Me encogí de hombros y le respondí con tranquilidad.
–Hablando con una chica.
– ¿Cómo se llama? – Preguntó con curiosidad mientras veía un programa en la televisión.
–Nadia. Por cierto, ¿aún queda comida? – No quería hablar de ello con mis padres, por eso desvié el tema de conversación. Hablar sobre relaciones con otras personas nunca me ha gustado, incluso aunque sean mis padres, simplemente es algo que me incomoda.
–Claro, coge cuanto quieras. – Tanto mi madre como mi padre seguían abstraídos mirando la televisión.
–Sí. – Me dirigí con paso firme hacia la cocina y cogí un plato de arroz con ternera.
Comí tranquilamente en la mesa de la cocina, y para cuando hube terminado, aún no eran ni siquiera las tres de la tarde, por lo que decidí ir a mi habitación y leer durante un tiempo, hasta que fuera la hora de irme y hablar con Nadia.
La verdad es que, no tenía nada mejor que hacer, ya tenía los libros en mi mochila para llevar el día siguiente, por lo que no me tenía que preocupar por ello, solo tenía que esperar hasta las cinco de la tarde.
Durante algo más de una hora leí un par de libros que tenía en mi habitación, esto hizo que me olvidase de todo lo que me preocupaba, y me pregunté, ¿de qué sirve preocuparse? Lo único que consigues es estar incómodo hasta el momento en el que debes hacer frente a la situación, preocupándote no conseguirás nada, simplemente tengo que vivir mi día a día y disfrutar de cada momento, o al menos, saber apreciarlo.
Mientras pensaba en todo esto, me di cuenta de que eran las cuatro y media pasadas. La colina se encontraba lejos de la calle en la que yo vivía, por lo que rápidamente salí de mi dormitorio y me dirigí al baño, para cepillarme los dientes y después salir a toda prisa por la puerta principal, pero anteriormente, ya había avisado a mis padres de mi salida, cosa que no pareció importarles.
Llegué un poco nervioso, habían pasado algunos minutos después de las cinco, por lo que seguramente Nadia se habría impacientado y cómo he dicho antes, no me gusta llegar tarde.
Pero no, allí estaba ella, contemplando el paisaje una vez más, impasible, al igual que horas antes, el viento ondulaba su pelo, pero no parecía importarle lo más mínimo, parecía estar ausente, seguía con la mirada perdida.
–Hola. – Dije procurando no sonar brusco e intentando no asustarla, ya que aún no me había visto.
Se giró al instante y me miró a los ojos. – Hola. – Esbozó una sonrisa que pude ver que era claramente forzada.
Caminé hasta encontrarme a su lado, me senté a una distancia prudente y me quedé observando el paisaje. Aunque ya lo había contemplado, me seguía pareciendo espectacular.
–Ya te he dicho mi nombre, ¿cómo te llamas?
–Renan. – Dije con orgullo. No es un nombre muy común, y es algo que me gusta.
–Un nombre un tanto extraño, pero me gusta. – Volvió a esbozar una sonrisa, y al igual que en la vez anterior, era una sonrisa forzada.
–Bueno, no estamos aquí para hablar de nombres, ¿me equivoco?
Asintió al momento. – No, no quería hablar contigo sobre nada de eso. Quería hablarte sobre lo que tú me has contado. –Hizo una pausa y su respiración se volvió más profunda. – Me está sucediendo lo mismo que a ti te ha ocurrido.
La miré con los ojos muy abiertos e intenté mantener la calma, pero fue en vano.
–No puede ser verdad... Todo parecía tan tranquilo... – Hice una pausa y me puse la mano en la frente después de agachar la cabeza. – Sabía que nada podía ser tan bueno. ¡Mierda!
Nadia me miró asustada y extrañada e intentando no hacerme enfadar, me habló
–No tienes que meterte en mis asuntos, es algo que yo misma debo resolver, pero necesito que alguien me aconseje, no podré seguir sin hacer nada durante mucho tiempo más...
– ¿Qué no necesitas ayuda? – La miré a los ojos seriamente y continué hablando en voz alta, casi gritando. – ¿Crees que puedes intentar hacer algo tú sola contra ellos? ¿Crees que le superas en fuerza física? ¿Crees siquiera que puedes intentar dialogar con ellos sin que te hagan daño antes que nada? ¿Crees que oirán lo que tienes que decir antes de golpearte, insultarte o acosarte? – Le miré con aún más seriedad y continué hablando, esta vez más calmado, para no seguir intimidando a Nadia. – Escucha, sé lo duro que es todo esto. Lo he vivido en persona, y también sé que es una tortura afrontarlo solo.
– ¡Por eso mismo! – Exclamó. Dejó salir sus emociones, la ira y la desesperación. – No puedo permitir que alguien que ya haya sufrido tanto y que se haya mudado a un lugar como este tenga que volver a enfrentarse a lo mismo. ¡Es simplemente terrible! – Empezó a recordar todo lo que le habían hecho hasta el momento y comenzó a llorar. – No, no puedo meterte en mis problemas. – Dijo con voz llorosa y agachó la cabeza para continuar llorando en silencio.
– ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿”No puedo meterte en mis problemas”? – Dejé de hablar durante un instante. – Nada de lo que me ocurra podrá ser peor de lo que he vivido. – Le agarré del brazo para que me mirara, y tras ver que ella me observaba decidí subirme la camisa. Al principio le resultó extraño lo que estaba haciendo, pero tras ver lo que bajo la camisa tenía se quedó mirándome extrañada. – Veo que es una cicatriz, ¿pero qué intentas decirme con ello? – Le miré una vez más con seriedad a los ojos y entonces lo comprendió. Se llevó la mano a la boca antes de decir nada.. – Pero, ¿qué clase de monstruos te han hecho eso?
–Gente con la misma mentalidad que la que te están haciendo lo mismo a ti. Acabarás igual si no haces nada. Acabarás como yo.
Nadia palpó la cicatriz que se encontraba bajo las costillas de la parte izquierda de mi estómago. Se dio cuenta de que era una cicatriz reciente y me miró aún más sorprendida.
– ¿Có-cómo te lo hicieron? – Tenía miedo de preguntarlo, pero también curiosidad.
–Con una navaja oxidada. – Dije con toda la serenidad que pude, para intentar quitarle importancia al asunto.
– ¿Tuvieron que operarte?
Me limité a asentir y tras hacer el gesto le repliqué.
–Pasé dos semanas en la unidad de cuidados intensivos, al parecer, la navaja me había infectado un virus que me provocaba altas fiebres, pero no, no era el tétanos.
Asintió tras entender lo que me había ocurrido y se dirigió hacia mí,
–Después de lo que te hicieron. –Señaló el lugar donde se encontraba la cicatriz tras ponerme bien la camisa. – ¿Dejaste la ciudad?
Con un gesto negué lo que me había preguntado y le respondí:
–Después de eso, no volví a la escuela. Permanecí un año en la ciudad, y me limité a aprender defensa personal y entretenerme con mis hobbies preferidos.
Una vez más, Nadia se limitó a asentir, y continuó preguntándome.
– ¿Por qué decidiste aprender defensa personal si no volviste a la escuela?
–Porque, en cierto modo, sabía que esto podría volverme a ocurrir. Fue una muy buena idea., pero no me servirá de nada contra varios alumnos. –Suspiré y me dejé caer sobre la mullida hierba. – Además, cómo su nombre indica, la defensa personal está hecha para evadir y contrarrestar golpes, no para atacar a nadie en caso de tener delante una amenaza. – Suspiré y observé el cielo antes de continuar hablando. – Pero bueno, es mejor que nada.
Nadia se recostó sobre la hierba y nuevamente me habló:
– No tienes por qué meterte en esto.
– Lo sé. – Hice una pausa para observar el cielo, en ese momento unas aves que no pude reconocer pasaron por encima de nuestras cabezas. – Si no te ayudo, nadie lo hará. No quiero que te ocurra lo que me pasó a mí. No quiero volver a ver sufrir a nadie más si puedo evitarlo. – Un escalofrío recorrió mi cuerpo, haciendo que me estremeciera. Recordé el suicidio de mi mejor amiga. La sangre se me heló, me quedé durante unos segundos pensando en lo ocurrido, ensimismado.

– ¿Estás bien? – Me preguntó un poco preocupada.
–Sí, estoy bien. – Esbocé una sonrisa y para intentar desviar el tema de conversación, que ya era bastante incómodo, decidí formularle una pregunta:
–Bueno, ya he visto el pueblo. ¿Podrías enseñarme algún lugar tan espectacular como este? – Nuevamente esbocé una sonrisa y en el rostro de Nadia también se perfiló una sonrisa tímida.
–Claro, conozco un lugar que te gustará. – Se puso en pie rápidamente y me agarró del brazo para que pudiera levantarme.
Descendimos por el lado opuesto de la colina y durante quince minutos caminamos a través del bosque. La densa vegetación apenas dejaba traspasar los rayos del sol, ya no había briza y lo único que se podía oír era el canto de los distintos pájaros a través de todos los rincones del bosque.
Me quedé observando las copas de los árboles e intentando escudriñar el lugar en el que los pequeños animales se encontraban, fue en vano, pero el simple hecho de observar aquel paisaje hacía que mereciera la pena haber caminado hasta el lugar.
–Aún no has visto nada. – Le hizo gracia observarme y ver lo ensimismado que estaba.
Sentí curiosidad por lo que acababa de decir por lo que no me entretuve más y caminé junto a ella, bajo la sombra de los árboles.

Este es uno de los recuerdos que mejor atesoro, es uno de los más bellos, el hecho de recordarlo hace que esboce una sonrisa nostálgica, no sé si podéis llegar a entenderme, pero los buenos recuerdos se conservan durante más tiempo que cualquier otra cosa, son para mí lo más preciado.

Tras caminar durante lo que me parecieron horas, llegamos a un claro en el que pude ver una caverna, esta se internaba en la tierra de una manera peculiar. No pude saber de qué clase de piedra estaba constituida la cueva, pero tras acercarnos y entrar, no me importó lo más mínimo.

Me asombré tanto que abrí la boca, Nadia que me observaba con atención no pudo evitar reírse.
– ¡Tienes que ver tu cara en el espejo! – Casi no se le entendía debido a su risa. Pero no, no era una risa estridente, me quedé mirándola mientras se reía y se tapaba la boca para intentar no ofenderme. Pero no me avergoncé, después de todo, había conseguido hacerle reír en la situación en la que se encontraba, por lo que me limité a examinar la cueva.

Un rayo de luz conseguía entrar por un agujero muy bien excavado en el techo de la caverna, la luz colisionaba contra una pared de piedra en la que se habían grabado distintos petroglifos, la piedra era de un color verdoso y las formas grabadas en ellas no eran menos espectaculares. En otras piedras de distintos colores repartidas por toda la caverna se encontraban más grabados, pero estos eran considerablemente más pequeños. Aun así los contemplé durante más de diez minutos, hasta que Nadia me advirtió de que en menos de una hora empezaría a anochecer y que el camino de regreso al pueblo no era ni mucho menos corto.

En el trayecto hablamos sobre distintas trivialidades, música, hobbies, noticias y sobre la sociedad, esa que tanto daño nos había hecho. Me sorprendió gratamente darme cuenta de que a ella también le interesaban temas más serios, y no solo saber cuál era el nombre de la novia del actor más famoso del momento.

Mientras nos acercábamos a la colina, Nadia me comentó:
– El problema que veo a día de hoy es que la sociedad es como ganado, como un rebaño. La mayoría vive en la ignorancia, prefieren vivir en una mentira y no enfrentarse a la realidad. – Mientras me hablaba su semblante se volvía más serio.
Asentí y le respondí.
– La gente está muy manipulada. La televisión, los medios de comunicación, internet... Todos te dicen lo que debes hacer, te privan de tu individualidad, es lo que quieren, máquinas que hagan el trabajo sin cuestionarlo y no personas que piensen por sí mismas.
Me miró y asintió con aprobación.
– Exacto, si intentas ser diferente, te ven como algo raro, algo que no debería ser así.
Le di la razón y suspiré, pero no dije nada más.
En apenas un par de minutos ya habíamos llegado al frente de la colina, ascendimos en silencio y sin prisas y durante unos minutos observamos el atardecer. No hace falta que diga lo espectacular que era, pero fue sin duda increíble.

– Renan. – Me habló Nadia con un tono calmado.
– ¿Sí?
–Sé que quieres ayudarme, pero escúchame, mañana no me hables durante las clases. – Me miró a los ojos seriamente, y pude ver algo que me dejó totalmente atónito. Nunca en toda mi vida había visto una mirada tan triste, cargada de temor, resentimiento y odio. Todo acumulado en su interior, parecía una bomba de relojería a punto de estallar.
Intenté evocar la mirada que Nadia me había lanzado y en ese momento lo recordé. Era exactamente igual a la que tiempo atrás Regina, la que por entonces era mi mejor amiga, acabara con su vida. No pude evitar sentirme mal, pero por suerte mi rostro no reflejó como me sentía en el momento, lo que fue una suerte.
mientras me levantaba con cierta dificultad.
Me miró y negó con la cabeza.
–Significa esperanza. – Me giré para descender por la colina y antes de irme continué hablando. – Algo que nunca debes perder. Porque, si pierdes la esperanza, ¿qué te queda?

Al contrario que en los días anteriores, tuve que ducharme durante la noche, ya que las clases al comenzar tan temprano al día siguiente, no me permitían tener el tiempo suficiente para hacer todo lo que realmente necesitaba.
Tras cenar me dispuse a irme a mi habitación para intentar conciliar el sueño. Antes de coger el sueño intenté leer un poco, pero fue en vano. La charla que había mantenido con Nadia no me dejaba leer con claridad. No podía quitarme de la cabeza su mirada. Una mirada triste y cargada de sentimientos negativos.
Quizá fue debido al largo trayecto que recorrí junto a Nadia por el bosque, que me había dejado cansado, pero esa noche no tuve que quedarme despierto mientras esperaba a que el sueño finalmente llegara. Esa noche simplemente cerré los ojos y me quedé dormido, pero no, no tuve un sueño agradable.

–Ahora que estás solo, ¿qué vas a hacer? – Me preguntó un alumno esbozando una gran sonrisa.
–Aguantas y seguir adelante. – Tenía la cabeza agachada. No quería mirar a los ojos a aquel monstruo.
– ¡Escuchad chicos! – Avisó al resto de sus compañeros el alumno mientras me observaba de reojo. – ¡Tenemos a un gallito por aquí!
La multitud de personas se fue amontonando poco a poco en torno a mi persona.
–No vas a aguantar ni un solo asalto. Estás solo, tu amiguita se ha ido, no la vas a volver a ver. – ¿Lo entiendes? – Me siguieron examinado con desprecio.
–Deberías estar muertos. Vosotros sois tan solo monstruos infelices que intentan hacerles la vida a los demás aún peor. No sois más que escoria, no, no llegáis ni a deshechos, no sois nada. – Les dije conteniendo la ira en mi tono de voz e intentando parecer lo más calmado posible.
– ¿Cómo te atreves a hablarnos así? – Se acercó el alumno más corpulento, me cogió por el cuello de la camisa, me zarandeó en el aire y me tiró al suelo. Me miró y lanzó una risotada. – ¿Quién es la basura ahora? ¿Quién?
El repentino golpe y el zarandeo me habían dejado completamente desorientado, pero por suerte pude recobrar el sentido rápidamente. Intentando recomponerme, me levanté y aún dolorido le repliqué:
–Golpeándome solo conseguirás causarme daño físico. Puedes golpearme y decirme todo lo que quieras, pero en el fondo sabrás lo que eres, no eres nada. – Le esbocé una amplia sonrisa y al momento me fulminó con la mirada, la ira se podía ver reflejada en sus ojos. – ¡Deja de hablar de una vez maldito hijo de puta!
Solté una risita y nuevamente le esbocé la misma sonrisa, el chico, me miró con incredulidad, no se podía creer lo que le estaba diciendo en mi situación, por lo que se acercó hasta el lugar en el que me encontraba, me empujó, caí al suelo, no me dio tiempo a esquivar o siquiera ver venir la patada. Fue tan rápido que me dejó sin aliento. Yacía en el suelo, durante unos instantes todo quedó en silencio, la atmósfera de la sala no podía ser más densa, los alumnos me observaban y murmuraban diferentes comentarios, no me molesté en prestarles atención y con mi último aliento, le dije al alumno que me había golpeado en repetidas ocasiones:
–Si tanto me despreciáis, si tanto odio os genero. –Hice una pausa para sonreír. – ¿Por qué no me matáis de una vez? – No me reconocí a mí mismo, mi tono de voz, mis palabras, nada me importaba, estaba harto, no podía seguir aguantando la situación, quería que acabaran con mi sufrimiento.
–¿Matarte? – Dijo uno de los tantos chicos que se encontraban entre la multitud. – No nos sirves de nada muerto. Por ahora, nos divertiremos un poco más contigo. – El semblante del alumno era escalofriante. Nunca en mi vida había visto un rostro que reflejara tanto odio y diversión, además de esbozar una sonrisa tan diabólica.
Todo lo que estaba sucediendo me había destrozado tanto física cómo mentalmente, pero no me podía rendir, no iba a dejar que eso pasara. Me incorporé e intenté responderle, pero al abrir la boca lo único que pude hacer fue toser. Al momento me tapé la boca con una de mis manos y tras dejar de toser y retirar la mano, me percaté de que la palma estaba llena de sangre. Me limité a sonreír, ya no sabía ni siquiera qué hacer.
No me dio tiempo a conseguir aclarar mis dudas, los alumnos empezaban a alzarla la voz, y pude oír decir a uno de ellos:
– ¡Pégale un puñetazo!
Otra alumna no menos animada alzó la voz y dijo con aspereza:
– Es mejor que le cruces la cara, para que se calle de una maldita vez.

El alumno que les había escuchado se acercó lentamente hacia mí, preparado para golpearme una vez más. Cerré los ojos, no quería ver nada más, no quería volver a sentir nada, tan solo quería desaparecer, pero no ocurrió nada, el alumno no me golpeó, abrí los ojos y pude ver que todos estaban nerviosos, mirándome con recelo.
Se oyeron cada vez más claras las pisadas que provenían del pasillo, una persona se dirigía velozmente hacia el aula, en la que todos nos encontrábamos.
– ¡No le toquéis! – Murmuró uno de los alumnos que se encontraba entre la multitud.
No pasaron apenas cinco segundos desde que el chico había dicho aquellas palabras y ya el profesor se encontraba dentro de la estancia. – Deberíais haber salido de clase hace tiempo, la escuela está cerrada. – En su tono de voz se denotaba irritación. Examinó la situación, me miró a mí junto a otro alumno, y al resto de compañeros juntos.
El chico que se encontraba a mi lado habló para intentar aliviar la tensión en el ambiente.
– ¡Claro que sí profesor! – Me dio unas palmadas en la espalda, intentando aparentar normalidad.
– Bien, iros ya de aquí. – Ordenó el profesor con aspereza.
Los alumnos salieron de la estancia a toda prisa, estaban nerviosos y casi les habían pillado golpeándome. Aunque yo dudaba mucho de que el profesor tomara medidas al respecto en caso de ver la situación en la que me encontraba. Si no se había preocupado hasta el momento, estaba seguro de que no se entrometería y me ayudaría ahora.
Salí del aula con la cabeza inclinada, en silencio y caminando lentamente, aún me resentía de los golpes que momentos antes había recibido.
Llegué a la entrada de la escuela y nada más salir noté cómo alguien se abalanzaba sobre mí. No me dio tiempo a reaccionar, un puño se hundió sobre mi estómago, al instante me quedé sin respiración. Caí al suelo, no me esperaba un golpe tan repentino, sentí cómo mis pulmones se vaciaban de aire. Intenté dar una bocanada para que mis pulmones pudieran llenarse de aire, pero fue en vano. Apoyé las rodillas y a continuación las manos en el suelo, una vez más, intenté respirar. Esta vez si pude aspirar aire y recomponerme un poco, pero antes de poder hacer nada más, recibí una patada de lleno en las costillas, no pude aguantar, no podía ni siquiera moverme, me dejé caer al suelo, no podía hacer otra cosa. Antes de cerrar los ojos y desmayarme pude oír la voz de uno de los alumnos que se encontraba cerca de mí, pude distinguir la burla en su tono de voz.
–Aquí tienes tu regalo de despedida.

Me incorporé velozmente y miré a mi alrededor. Estaba en mi habitación, suspiré aliviado, todo había sido otro de los sueños en los que recordaba mi pasado. Cada noche ocurría lo mismo, desde que terminó el acoso siempre me ocurría lo mismo, pero no podía acostumbrarme, tan solo quería olvidar todo lo que me hicieron en el pasado, todo lo que sufrí, tan solo quería comenzar a vivir de nuevo, pero mi pasado me perseguía, arrastraba un oscuro pasado que no podía olvidar. ¿Qué significaban todos los sueños que noche tras noche presenciaba? ¿Por qué no podía siquiera olvidar alguno de ellos? ¿Por qué eran todos tan reales?
Suspiré y observé la hora del reloj de pulsera que llevaba puesto; las seis y treinta y un minutos.
Me resigné, no podría volver a dormir, no soy de esas personas que consiguen coger el sueño con facilidad, además, ya era demasiado tarde como para quedarme despierto tumbado sobre la cama, y si me atrevía a hacerlo, estaba seguro de que pensaría en el sueño que había tenido durante la noche, y eso era lo que menos necesitaba en aquel momento.
Salí del dormitorio sin prisas y me dirigí hacia la cocina, mis padres estaban desayunando temprano, como de costumbre. Mi madre al verme despierto se sorprendió, en cambio, mi padre tenía la mirada fija sobre las páginas de un periódico, ni se molestó en saludarme, por lo que me limité a desayunar junto a ellos.
En apenas veinte minutos había terminado de desayunar, me vestí rápidamente, me cepillé los dientes, me lavé la cara, me peiné y esperé diez minutos antes de salir por la puerta, pero no sin antes haber cogido la mochila con los materiales necesarios para empezar el día.
Por suerte ya había amanecido, aunque los rayos del sol no calentaban con suficiente fuerza y se podía notar aún el frío en las calles, pero nada de eso me preocupaba en el momento. Otros pensamientos rondaban por mi mente. ¿Qué clase de personas serían los compañeros de Nadia? ¿Serían iguales que los alumnos de mi anterior escuela? Y, si era así, ¿volvería a suceder lo mismo? ¿Tendría que enfrentarme al horror, a la misma pesadilla? ¿Podría hacer frente a todo lo que sucedería? ¿Me serviría de algo lo que había aprendido en las clases de defensa personal el tiempo el que estuve en la ciudad sin ir a la escuela? ¿Podría ayudar y defenderme a mí mismo y a Nadia?
Pero lo que me mantenía más inquieto era el no saber cómo trataban a Nadia, ¿qué clase de acoso recibía y cómo afrontaba ella la situación? Estaba muy nervioso en ese momento, no podía dejar de pensar en ello mientras caminaba por las largas callejuelas del pueblo, hasta llegar poco después a la entrada del colegio. Tragué saliva y sin pensarlo dos veces caminé firmemente hacia la entrada del edificio.

Capítulo 2: En el ojo del huracán.

Al entrar por la puerta principal varios alumnos que charlaban alegremente dirigieron sus miradas hacia mí. No me resultó extraño ver a pocos alumnos en la escuela, quizás me había esperado que hubiera habido menos aún y por eso no me sorprendí, pero estaba seguro de que apenas llegaban a trescientos en todo el centro escolar. Caminé por el largo pasillo de la escuela, hasta llegar a la clase indicada. Mientras me acercaba a la puerta del aula, observé de reojo a varios alumnos, que aún me examinaban con curiosidad y recelo.
La escuela tan solo contaba con una clase para cada curso, no tenían un número suficientemente alto de alumnos como para dividir en aulas distintas a los chicos de un mismo curso, me resultaba extraño, pero no me alarmé por ello.
Tras abrir la puerta, todos los alumnos que se encontraban sentados en sus mesas giraron sus cabezas para observarme, y el profesor que hablaba con los alumnos me prestó atención, y con un gesto me pidió que me acercara hasta el lugar en el que él se encontraba., yo inmediatamente hice lo que este me pidió. El profesor alegremente me dio una palmada en la espalda y se dirigió hacia la clase.
–Bien, este es vuestro nuevo compañero de clase, Renan Meinnen. Espero que os llevéis bien y que pronto se integre a la clase.
Todos seguían observándome sin dejar de posar la vista sobre mí, lo que hizo que me sintiera incómodo.
–Ahora, por favor, siéntate en la silla libre que se encuentra en la parte de atrás de la clase. – Señaló con el dedo el lugar en el que se encontraba y me dedicó una amplia sonrisa.
Asentí y me dirigí rápidamente hacia el lugar en el que se encontraba el asiento. Mientras me dirigía hacia el lugar en el que se encontraba, examiné la clase de reojo, intentando parecer lo más discreto posible, no me costó encontrarla, se sentaba justo en la mesa de al lado. Al ver el lugar en el que su mesa se ubicaba pensé:
– “Esto no es una coincidencia.” – Conseguí esconder una mueca de desagrado, y sin cambiar mi semblante serio, me senté en la silla.
– Encantado de conocerte. – Le oí decir al chico que se sentaba a mi derecha. Giré la cabeza para poder observarlo y le examiné durante un instante.
Tenía el cabello de color rojo oscuro, esbozaba una gran sonrisa y al momento me percaté de su carácter risueño y despreocupado.
Al mirarle a los ojos pude darme cuenta de que alguien como él no estaba metiéndose con Nadia.
No espero que lo entendáis, pero después de tanto tiempo sufriendo acoso, siendo golpeado y maltratado, acabas dándote cuenta del tipo de personas que hacen ese tipo de cosas. Son personas infelices, personas a las que no les va bien en la vida, personas resentidas, dolidas, afectadas e incluso maltratadas, personas que tienen que hacer daño a otras para sentirse mejor, son gente que tiene que ver más sufrimiento, desesperanza e infelicidad a su alrededor para poder seguir en su día a día., en resumen, son gente débil, gente que no merece vivir, en lo personal son el tipo de personas que más detesto. Pero en aquel momento, el chico que me había saludado y me miraba con una sonrisa risueña perfilada en su puntiagudo rostro no podía ser de esa clase de personas. Esta, entraba en el segundo grupo. A diferencia del anterior, estos no me causan tanto repudio, pero son tan culpables cómo los anteriores. Son esa clase de personas que observa pero no actúa, personas que ven el dolor, pero huyen desesperadamente de él, y creen que si no lo ven, que si no lo presencian, todo estará bien. Me hace reír cruzarme con personas cómo estas, son mucho más cobardes que yo, y no es algo que me agrade, porque ni ellas mismas lo aceptan.
– Me llamo Neil. – Anunció mientras me observaba con curiosidad. Me había quedado pensando en lo que he explicado y este me miraba.
Tras comprender la situación le volví a mirar una vez más a los ojos y me limité a asentir, sin cambiar mi semblante serio. Por el momento, quería parecer una persona distante y fría, para poder observar a los demás sin que estos pudieran darse cuenta de lo que realmente pretendía hacer.
Quería saber a que clase de acoso se enfrentaba Nadia, necesitaba tener una idea de ello, para poder actuar en consecuencia, para poder ayudarla a deshacerse de esa pesada carga que sujetaba sobre sus hombros.
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