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 Un oscuro pasado

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Alejandro Calero
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Mensajes : 48
Fecha de inscripción : 20/03/2014
Edad : 18
Localización : España

MensajeTema: Un oscuro pasado   Lun Abr 28, 2014 4:17 pm

Mi vida había comenzado nuevamente. Por fin podría empezar de nuevo e intentar olvidar todo lo ocurrido hasta el momento. Eso era lo único que me importaba, el echo de poder volver a vivir tranquilamente hacía que me sintiera mejor.

Mi familia se había mudado a un pequeño pueblo alejado de la mano de dios. Apenas contaba con unos pocos miles de habitantes. Los suficientes como para que el pueblecito saliera en los mapas, pero no los bastantes como para que fuera reconocido y atrajera a los turistas. Estaba bastante agradecido con mi familia por haber decidido mudarse, ya que les había supuesto un gran esfuerzo hacerlo, pero finalmente lo logramos.
El primer día que asistiría a clases sería el miércoles, y era domingo, por lo que aún tenía tiempo de sobra para poder ver el pueblo y conocerlo un poco, además de que seguramente me cruzara con algunos de mis futuros compañeros de clase. Esto último me ponía nervioso, ya que durante mucho tiempo me había incomodado la presencia de más personas a mi alrededor, hacer amigos no era algo que me entusiasmara realmente.

Llegamos a la casa por la tarde. Los camiones de la mudanza ya habían descargado las cajas, y estas se encontraban en el recibidor. Mis padres y yo nos pasamos el resto del día abriendo cajas y colocando su respectivo contenido en las diferentes habitaciones en las que se debían situar los útiles. No nos llevó demasiado tiempo colocar todo, ya que, teníamos pocas posesiones, y los muebles ya venían junto a la casa.

–¿Mañana visitarás el pueblo? –Mi madre me preguntó mientras me miraba con escepticismo.
No respondí y solo asentí, mientras tanto, comí un poco de carne del plato.
–Será mejor que lleves algo de dinero. –Mi padre tenía la mirada fija en el televisor, ni siquiera se giró para decir estas palabras.
–Es un pueblo pequeño, por lo que seguramente te encontrarás a varios de tus compañeros de clase. –Nuevamente mi madre me habló, hizo una pausa para comer y prosiguió con la conversación. –Sé amable con ellos, ¿vale?
Una vez más no dije nada y me limité a asentir mientras seguía devorando el contenido de mi plato. Tras terminar de cenar, me levanté y me dirigí a la cocina. Me di cuenta de que no teníamos lavavajillas en la casa, por lo que mascullé una palabrota y me dispuse a lavar el plato junto a los cubiertos.
–Por cierto. Al parecer dentro de poco habrá una fiesta en todo el pueblo. –Añadió mi madre mientras se terminaba lo poco de comida que le quedaba en el plato. –Por lo que me han comentado, la festividad tiene más de cien años de antigüedad, es una buena oportunidad para que hagas amigos y quizás, conozcas a alguna chica que te... –La interrumpí al momento.
–Sabes perfectamente que no tengo ningún interés es ese tipo de cosas. –Terminé de lavar el plato y lo dejé escurrir junto al fregadero, y sin nada más que hacer, decidí irme a mi habitación.
–Me voy a mi dormitorio. –Avisé con desdén y me dirigí hacia mi dormitorio.

La casa era bastante espaciosa, no había problemas de almacenaje, y esto era algo que mis padres agradecían. Al ser una vivienda tan grande, quedaba un poco vacía en algunos lugares de esta, pero era algo que se arreglaría con el paso del tiempo, tras comprar algunos muebles más.

Al entrar en la estancia pude notar que el ambiente estaba cargado de humedad. Llevaba mucho tiempo sin abrirse el dormitorio, por lo que era normal, además de que pude percatarme de que también olía a cerrado, esto último era algo que me molestó, ya que no era un olor agradable.
Decidí abrir las ventanas y correr las cortinas durante unos minutos, tras hacer esto, me recosté en mi cama y cogí un libro que había dejado junto a la mesita de noche.
Leí durante una hora, hasta que me encontraba lo suficientemente cansado como para no poder continuar con la lectura, se me hacía pesado el leer cada palabra, marqué la página por la cuál había dejado la lectura y dejé el libro en el mismo lugar en el que anteriormente lo había dejado.
La primera noche en un nuevo hogar, era una de las cientos de cosas que se me venían a la cabeza en aquellos momentos. Recordaba todo lo que me había pasado en la anterior ciudad en la que vivía. Amargos recuerdos que no podía olvidar, recuerdos que me marcaban, pensamientos que retumbaban en mi cabeza, una y otra, una y otra vez, hasta que, pensando en ellos, conseguí cerrar los ojos y dormir.


Abrí los ojos, y frente a mí los pude ver. Eran ellos, unos alumnos de bachillerato, eran tres, y estaban dando patadas a algo en el suelo, no se movía, pero lo golpeaban con fuerza.
Con inseguridad me acerqué para poder ver que era exactamente lo que estaban pateando, lo vi, me di cuenta. Mis ojos se abrieron más de lo que nunca lo habían hecho, me acerqué a ellos, grité, uno de ellos, el más corpulento, se dio la vuelta, y con cara de fastidio se dirigió hacia mi. Me pegó un puñetazo que casi me desencaja la mandíbula. Caí al suelo por la fuerza del golpe, y con impotencia, contemplé la escena.
Golpeaban a un pequeño gato callejero, estaba cubierto por su propia sangre, pero a sus atacantes no parecía importarles lo más mínimo. No daba señales de vida, no respiraba, no se movía, nada...
Al cabo de unos instantes, tras hartarse de golpear al pequeño animal, los tres alumnos se fueron del lugar, riéndose entre dientes y comentando las pocas patadas que el animal había soportado.
Me acerqué lentamente hacia el animal, horrorizado, pude percatarme de que tenía rotas varias patas, y seguramente, también el cuello.
Lo contemplé desde muy cerca, me eché a llorar. Sentí rabia, dolor, impotencia, tristeza, culpa, ansiedad, desolación, pero, sobretodo, desprecio. Desprecio hacia las personas que había acabado con la vida del diminuto animal de aquella manera . Casi sin fuerzas, me enjugué con la manga de la camisa las lágrimas que no me permitían ver con claridad, y me levanté. No sabía donde estaba, no conocía el lugar, lo único que podía ver era el cuerpo del animal en el suelo, encharcado en su propia sangre, lo miré de nuevo, y el dolor me invadió. Una vez más aparté la vista, cerré los ojos en un intento por no llorar y me di la vuelta.

Me desperté, estaba sudando, me quemaba el pecho, la rabia me corroía aún, pero tras un momento observando la estancia, me pude dar cuenta de que me encontraba en mi habitación. Los rayos del sol atravesaban débilmente las cortinas, pero no lo suficiente como para que fuera una molestia.
Para mis adentro me dije.
–“Siempre los mismos sueños” –Rememorando los echos que habían sucedido, todo era tan real, y a la vez, tan ficticio, pero, algo sabía con certeza, y es que, realmente, lo que en el sueño presencié, llegó a suceder en la realidad.
Volví a llorar. Nuevamente recordé el sueño, aún a día de hoy seguía sintiéndome igual de frustrado.
–¿Por qué? ¿Por qué tienen que suceder este tipo de cosas? – Cerré los ojos y mis lágrimas cayeron sobre la sábana, que aún me tapaba.
Respiré hondo, y me levanté. Al igual que en el sueño, me sequé las lágrimas de ambas mejillas, e intentando parecer lo más tranquilo posible, salí del dormitorio en dirección a la cocina.
Mientras recorría el largo pasillo que separaba ambas habitaciones, miré el reloj de pulsera que llevaba puesto. Las nueve y cuatro minutos, mascullé una palabrota y seguí con paso firme hacia la cocina.
Mis padres no estaban, había salido a trabajar, por lo que me encontraba yo solo en la vivienda. Al igual que en la anterior casa, repetí el mismo proceso. Coger dos rebanadas de pan, ponerlas en la tostadora, esperar, sacarlas con cuidado, ponerlas en un pequeño plato, ponerles mantequilla y mermelada, y acompañarlas con un tazón de leche.
No era algo que me molestara, estaba acostumbrado, siempre he pensado que era algo necesario de la rutina.

Tras desayunar, me duché, me peiné y sin prisas, me vestí, para luego cepillarme los dientes y salir con buen aspecto a la calle. Estaba nervioso, muy nervioso, pero sobretodo, incómodo.
No sabía con que clase de personas me encontraría. Era una sensación de desasosiego y de inseguridad.

– “Me han hecho tanto daño, que ya no puedo ni siquiera confiar en las personas de mi propio entorno. Irónico, ¿no?” –Pensaba esto mientras cogía las llaves de la casa para salir a la calle.
Abrí la puerta, y antes de salir, di un largo suspiro, y nuevamente me dije.
–“Intenta olvidarte de todo lo que ha ocurrido hasta ahora y simplemente disfruta del tiempo que pases tanto solo como con personas.” –Cerré la puerta, y pasé la cerradura con la llave, metí la llave en uno de los numerosos bolsillos de mi pantalón y empecé a caminar por las calles del pueblo, sin una dirección a la que dirigirme, simplemente, viendo todo lo que encontraba por los caminos.
Era muy tarde, y todos los alumnos ya se encontraban en el colegio, por lo que no me iba a encontrar a nadie de mi edad en las calles, cosa que hizo que me tranquilizara y me permitiera relajarme mientras contemplaba los distintos edificios, paisajes y demás lugares del pequeño pueblo.

Caminé por la calle principal del pueblo, a ambos lados de esta pude ver distintos comercios, pequeñas tiendas de alimentación, locales en los que se vendían distintos tipos de ropa y algunos otros establecimientos. No había punto de comparación entre la ciudad en la que había pasado mis años anteriores viviendo y el pueblo en el que me encontraba. Las calles de la gran ciudad estaban atestadas de gente, en cambio, en el pequeño pueblo, las personas que paseaban tranquilamente por las calles se podían contar con los dedos de ambas manos. Al principio me resultó tan inquietante como reconfortante. Pocos vehículos circulaban, a penas se podían oír las voces de las personas, por lo que el ruido era mínimo, y el aire que se respiraba no estaba cargado de contaminación, al contrario, el simple hecho de respirar hacía que mereciera la pena el haberme mudado al pueblo.

El tiempo transcurrió rápidamente, y pude disfrutar de las vistas que ofrecía el pueblo, el cuál, estaba rodeado por un inmenso bosque en todas direcciones, exceptuando la dirección en la que se había hecho la carretera de acceso al municipio.
Cuando me di cuenta de la hora que era, me alarmé rápidamente, mis padres llegarían en poco tiempo a la casa, y lo mejor era que me apresurara a llegar lo mas pronto posible a la vivienda.

Durante el trayecto de regreso, pude percatarme de que una chica de mi edad caminaba por la calle contigua a la que yo me encontraba. Era de una estatura un poco menor que la mía, sus facciones revelaban lo seria que se encontraba. Parecía parte de su carácter. Tenía el pelo bastante largo y era de color castaño oscuro. No pude apreciar el color de sus ojos, aunque mientras la observaba detenidamente, se dio cuenta de que la miraba y me observó durante un momento. Su mirada era gélida, aunque no me incomodó en absoluto.
Mientras la contemplaba, una voz hizo que la chica se girara para poder prestar atención a la persona que le había hablado. Seguramente era su madre, le había llamado para que la siguiera.
No me detuve y continué caminando en dirección a mi casa. Me sorprendió bastante encontrarme en el último momento a una chica que no estuviera en el colegio, y me sorprendió más aun darme cuenta de que las clases no habían terminado, por lo que supuse que se encontraría enferma y que habría decidido dejar la clase e irse a su casa. No le di más vueltas al tema y seguí andando en silencio durante el resto del trayecto

Llegué a penas unos minutos antes de que mis padres lo hicieran, cosa que me tranquilizó. No quería llegar más tarde que ellos a la casa, me gusta ser puntual.

Comí junto a ellos en la mesa de la cocina, hablé con ellos un poco sobre lo que había visto, pero no mencioné a la chica con la que me había encontrado. No me parecía importante hablar de ello.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Leí durante el resto del día, ya que no daban ningún programa en la televisión que me interesara, y así, pasaron las horas, hasta, que al igual que el día anterior, volvimos a tener la misma conversación en el salón, mientras los tres cenábamos.
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