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 La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?

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Alejandro Calero
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MensajeTema: La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?   Sáb Abr 12, 2014 4:00 pm

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Capítulo 1: Entrenamiento.

Ethian se había concentrado. De entre sus manos emanaba una luz incandescente. Durante un momento pudo controlar la pequeña bola de fuego, pero se desconcentró y soltó un grito.
– ¡Ah! –Ethian no esperaba que el fuego le quemara las palmas de las manos.
–Quince intentos fallidos. No puedes seguir así. Lo intentaremos una vez más, y si no lo consigues lo dejaremos para mañana. – Renard se sentía decepcionado. Esperaba mucho más de Ethian, pero este no había conseguido ni siquiera controlar la bola de fuego, y mucho menos lanzarla.
–Ya lo sé… –El joven aprendiz de mago se sentía frustrado. No sabía que estaba haciendo mal, por lo que había fallado todas las veces anteriores sin saber el motivo.
–Te lo volveré a explicar. Debes imaginar entre tus manos una bola de fuego, y mantener la concentración mientras la mantienes entre tus manos. Después de imaginarla, debes impulsar la bola de fuego con tus manos hacia el objetivo. A continuación solo tienes que ver lo que sucede.
–Ethian siguió las indicaciones que el anciano hechicero le había explicado. Primero respiró hondo, acto seguido se colocó en perpendicular al objetivo. El objetivo era un saco de arena colgado a un poste. Aunque no pudiera parecerlo, este era realmente pesado, por lo que un pequeño ataque no lo derribaría fácilmente. Entretanto, el joven mago, ya había cerrado sus ojos y se había concentrado e imaginado la bola de fuego entre sus manos.
Renard observaba todo lo que estaba sucediendo desde la distancia y pudo percatarse de que entre sus manos emanaba nuevamente un haz de luz. Observó detenidamente como la bola de fuego iba aumentando su tamaño, hasta alcanzar un tamaño considerable.
Durante un momento, Ethian permaneció parado sin hacer nada y a continuación abrió sus ojos y miró fijamente al saco de arena, que se encontraba no muy lejos de él. Inmediatamente después de esto, impulsó con sus dos manos la bola de fuego hacia el saco de arena.
Lo hizo con tanta fuerza, que Renard no pudo seguir con la mirada la bola de fuego, y solo pudo oír el golpe que esta había provocado. Ethian lo había logrado. Había conseguido crear una bola de fuego lo suficientemente grande como para poder acabar con el pesado saco de arena.
Ambos estaban igual de asombrados. Por su parte, Renard, no esperaba que Ethian consiguiera crear una bola lo suficientemente grande como para derribar el saco, pero lo había conseguido hacer a la perfección. En cambio, Ethian no podía creer que tras tantos intentos frustrados por fin había logrado cumplir su cometido.
El aprendiz se giró en la dirección en la que se encontraba Renard y le sonrió. El anciano hechicero no le devolvió la sonrisa, en vez de esto, se dirigió al lugar donde este se encontraba situado.
Al acercarse, en voz baja le comentó:
–Ya va siendo hora de que nos pongamos a recoger la cosecha, así que ven y ayúdame.
–Sí. – Se podía apreciar lo contento que estaba tras haber realizado correctamente el hechizo.
Había sido un año de cosechas terrible. Muchos aldeanos habían muerto por inanición, y los que no habían perecido a causa de esto, se encontraban en los huesos o habían sido pasto de enfermedades. Todo esto se debía a que las campañas de guerra del reino de Kraia se habían intensificado durante ese año. Las guerras entre el reino de Kraia y el imperio de Lyndiar habían durado más de doscientos años. El odio que sentían ambos reyes lo habían heredado de sus padres, y así sucesivamente. Lo peor de todo el asunto, no era la rivalidad de ambos reyes. Muchos saqueadores, bandidos y desertores se habían aprovechado de la situación, y muchos caminos entre las distintas aldeas y ciudades se habían convertido en lugares peligrosos, donde estos malhechores asaltaban a todas las personas que se atrevieran a poner un pie en esas tierras. Pocos caminos y carreteras eran seguros, y la situación no iba a mejorar por el momento.
Eran tiempos difíciles para todos, no solo para ellos dos.
Renard se dirigió a la parte trasera del terreno. Allí este, había construido un pequeño corral en el que vivían cinco gallinas. Además de esto, también había construido un cobertizo en el que guardaba viejas herramientas para segar el trigo. A paso ligero, se acercó al cobertizo y tras abrir la puerta de este, sacó dos hoces. Le entregó una de las dos a Ethian y a continuación, sin mediar palabra, se dirigió al pequeño campo de trigo que se encontraba junto a la casa.
Ethian siguió sus pasos y ambos empezaron a segar el trigo. El tener que trabajar durante tantas horas y emplear toda la fuerza no era algo que a ninguno de los dos les entusiasmara, pero era una tarea necesaria para poder vivir.
Las horas pasaron y ambos recogieron gran parte del trigo. Renard no se atrevía a usar sus habilidades mágicas por miedo a que algunos aldeanos pudieran darse cuenta de lo que realmente era, un mago, y no un simple aldeano.
Renard era un hombre bastante mayor. Su demacrado rostro mostraba su avanzada edad. No solo se podían apreciar arrugas en su cara, también se podían ver a simple vista varias cicatrices. Nunca habló con Ethian sobre su pasado y tampoco quería hablar de este con otras personas, por lo que para la mayoría de personas que lo conocían, él era todo un misterio.
Tenía poco pelo, y el poco cabello que tenía era de color blanco. Tenía una gran boca, pero lo que a primera vista resaltaba de su rostro eran sus ojos verdes como rubíes. Era una persona muy delgada, si se hubiera sacado la camisa de tela que llevaba puesta, se le podrían haber visto sin ningún problema todas sus costillas, aunque esto era algo habitual en muchos de los aldeanos de la zona. Siempre llevaba una capa negra sobre una camisa de tela de color marrón, pero la capa no le tapaba la cabeza, pero si el resto del cuerpo.
En cambio, Ethian era un joven de apenas dieciséis años. Era alto y de complexión delgada. Tenía el pelo largo y de color castaño claro, esto contrastaba con sus ojos de color ámbar. Tenía una boca pequeña al igual que su nariz y al igual que Renard, siempre llevaba puesta una camisa de tela tintada de color azul, y unos pantalones de color marrón oscuro.
Al anochecer ambos dejaron de recoger el cereal y guardaron las herramientas en el cobertizo. Durante las horas en las que habían trabajado, habían avanzado bastante, por lo que al día siguiente no tendrían que volver a trabajar durante todo el día, y solo les tomaría unas horas terminar el trabajo inacabado.
Esa noche, pudieron cenar carne curada. No era muy habitual comer carne, pero Renard había intercambiado una gran pieza de carne de eccher por dos libros de encantamientos que él había copiado a mano tiempo atrás. Por lo que no le supuso una gran pérdida.
Los eccher eran grandes animales herbívoros que vivían apaciblemente en las extensas praderas de Mhinyon. Su carne era apreciada en todas las ciudades, pero era muy difícil conseguir una pieza de carne de este animal debido a que para los cazadores les es casi imposible matar a uno de estos animales. Su grueso pelaje y su resistente piel les protegen de los depredadores, además de que más de un cazador se pensaría dos veces el intentar enfrentarse a las cornamentas del animal.
La vivienda que ambos habitaban constaba de tres habitaciones. Nada más entrar se encontraba la cocina, y en el lado derecho de la casa, una habitación con dos camas y un gran armario, y la habitación más pequeña de la casa era el baño. La mayoría de las casas no contaban con un baño, por lo que era algo inusual.
En el terreno colindante a la casa había una parcela de tierra dedicada exclusivamente al cultivo de trigo y otros cereales. La propiedad estaba protegida por una valla de apenas un metro de altura que ambos habían construido tiempo atrás.
La vida de Ethian y Renard era relativamente tranquila. Desde que el joven tenía seis años, había vivido junto a Renard. Este, le había enseñado matemáticas, gramática, medicina, magia y otros temas no menos importantes. Durante diez años el viejo hechicero le había enseñado a Ethian teoría y le había preparado para la vida en el exterior, pero era momento de llevar a la práctica todo lo que había aprendido en los años pasados.
Con tan solo cuatro años, el joven mago había quedado huérfano de padres, se vio en la misma situación que otros muchos niños de su edad. Sus padres fueron asesinados por las tropas del general Alahyork. Un vasallo del rey del imperio de Lyndiar.
Siendo tan solo un niño se encontró en una dura situación. Solo en las calles de la ciudad de Kraia, sin un lugar al que ir, tuvo que robar para poder sobrevivir. Ethian tenía vagos recuerdos de su infancia, ya que habían pasado once años. Pero aún recordaba a la perfección el día en el que se cruzó con Renard.
Ethian estaba intentado robar algunos frutos, y mientras este se escabullía en el local, fue pillado in fraganti por un anciano. Al principio se asustó, y pensó que este le delataría, pero el anciano hombre le explicó la situación y le pidió que viviera junto a él.
Claramente en aquel momento, el pequeño ladrón no tenía otra elección mejor, por lo que aceptó al instante. De esa manera comenzó su entrenamiento.
El joven aprendía muy rápido todo lo que Renard le explicaba y siempre quería aprender más. Desde muy pequeño ayudó en todo lo que pudo, a cambio, recibía comida y tenía una buena educación.
Para Ethian, Renard era como un padre, y no tardó mucho en acostumbrarse a vivir con él. Aunque desconocía el pasado de este, no era algo que le pareciera transcendental conocer.
Ambos estaban sentados en la mesa, la habitación estaba iluminada por una vela de llama azul. Una llama que podía estar hasta cinco lustros dando luz. Un hechizo simple, que cualquier aprendiz de mago conocía, pero era muy útil.
El suelo de la casa estaba constituido por madera ya muy deteriorada y carcomida, pero Renard no podía cambiarlo, debido a su avanzada edad y a que no disponía de fondos suficientes para poder pagar la reforma que conllevaba la casa. Pero no suponía un problema mayor para ninguno de los dos.
El viejo hechicero dejó el plato a un lado de la mesa y comenzó a hablarle a Ethian:
– A partir de mañana empezaremos a practicar conjuros de sanación, dentro de una quincena debemos realizar un trabajo en una granja cercana a la ciudad de Kraia.
Este, al oír lo que él hechicero, se alegró mucho. Si había algo que Ethian deseaba más que nada, era aprender conjuros de sanación.

– ¡Bien!- El joven no pudo contener la alegría, y este, esbozó una sonrisa.
Renard le miró seriamente y continuó hablando.
–Al parecer, unos lobos atacaron a su rebaño de ovejas y varios animales se encuentran heridos.
Hizo una pausa para comer un poco de carne que quedaba en su plato, y tras masticar y tragar la carne continuó con la conversación.
–No son heridas graves, por lo que no necesita nuestros servicios inmediatamente, aun así, tenemos tan solo quince días para que aprendas a controlar los conjuros de sanación básicos.
Ethian estaba ensimismado, no podía creer que al día siguiente comenzaría su entrenamiento con conjuros de sanación. Pero su ensimismamiento duró poco, ya que Renard, al ver que este no respondía le gritó.
– ¡Ethian!
– ¿Eh? – El jov0en le miró sorprendido.
-¿Me estás escuchando? –Renard intentó parecer serio, pero realmente tenía ganas de reírse.
Ethian, que ya conocía de sobra al anciano mago, le miró y asintió mientras sonreía.
–Bien, termina de comer y vamos a dormir, que ya va siendo hora. – Tras decir estas palabras se levantó de su silla y cogió su plato. A continuación lo colocó en un balde con agua limpia y lo dejó en remojo.
Tras esto, se dirigió a la habitación para ir a dormir. Pero, antes de entrar en la habitación le dijo unas últimas palabras al joven aprendiz de mago.
–Cuando termines de comer, coloca el plato en el balde y apaga la llama azul.
Después de decir esto, cerró la puerta de la habitación y Ethian terminó de comer lo más rápido que pudo y tras terminar de comer colocó el plato en el balde de madera.
Antes de dirigirse a la habitación, miró fijamente a la vela, en la cual se encontraba la llama azul, y este, recitó el siguiente conjuro:
–“Itnia rubue siliare.”
La llama de desvaneció en el acto, y sin nada más que hacer, se dirigió a la habitación y con cuidado abrió la puerta. Al entrar, pudo darse cuenta de que Renard ya estaba en su cama, por lo que se acostó en la suya y se quedó pensativo.
Sin duda había sido un gran día para él. Había aprendido a dominar un hechizo que podría llegar a ser muy poderoso. Él sabía que tendría que aprender a crear una bola de fuego mucho más grande si realmente quería conseguir algo, pero lo que había hecho era un buen comienzo.
Además, tampoco se podía sacar de la cabeza la idea de que al día siguiente pudiera empezar a aprender conjuros de sanación, algo que cualquier mago debería saber.

Los primeros rayos del sol iluminaron la habitación, Renard se despertó debido a esto. Se levantó lentamente de la cama y se puso en pie.
Pudo darse cuenta de que Ethian seguía durmiendo plácidamente, por lo que al momento le bramó:
– ¡Ya es de día! ¡Despierta!
Al momento, el joven saltó de la cama y calló al suelo. Renard esbozó una sonrisa y salió de la instancia a toda prisa.
Ethian sin pensarlo dos veces le siguió hasta la cocina. Cuando llegó, el viejo hechicero ya había sacado de una bolsa de tela dos pedazos de pan de centeno, y estaba sacando de una segunda bolsa, más pequeña; dos pequeñas porciones de queso de cabra.
Ambos se sentaron en la mesa, y se sirvieron el desayuno.
El desayuno era una rutina que ambos realizaban cada día, por lo que no tardaban demasiado tiempo en terminar de comer para ponerse a labrar el campo o empezar con el entrenamiento.
Tras desayunar, ambos salieron de la casa y se dispusieron a empezar el entrenamiento.
Renard le pidió al joven que esperara en el lugar donde siempre practicaban, mientras, este se dirigió hacia la parte trasera de la casa, lugar en el que se encontraba el corral con las gallinas. Una de ellas tenía una pata rota, por lo que era perfecto para el conjuro que iban a realizar.
Abrió lentamente la pequeña puerta del corral y con cuidado de no espantar a los animales, se acercó a la gallina que tenía la pata rota, y lentamente extendió sus brazos y la agarró. Durante un momento, el pequeño animal intentó forcejear, pero al ver que lo que intentaba era en vano, desistió cualquier intento de escape.
Momentos después, apareció con la gallina en las manos, y pudo darse cuenta de que Ethian había creado una bola de fuego y la sostenía entre sus manos. Era una bola de fuego notablemente más grande que la que había creado anteriormente, pero no suponía ningún problema para el joven controlarla.
Renard se quedó expectante y esperó para ver lo que Ethian tenía pensado hacer con la bola de fuego. Durante unos segundos, vio como la bola de fuego se hizo mucho más grande, tan grande que tenía que elevarla por encima de su cabeza.
Renard se quedó estupefacto. Nunca había visto a un aprendiz de mago realizar nada parecido. Mientras pensaba en ello, el joven aprendiz, con ambos brazos impulsó la bola de fuego, y como si de un ataque se tratase lanzó la bola de fuego, no hacia ninguna zona en especial, porque él ya sabía que era demasiado grande como para dejar que explosionara en el lugar. Por lo que con todas sus fuerzas impulsó sus brazos y arrojó la esfera de fuego hacia el cielo, y en apenas unos segundos, se había esfumado y perdido de la vista de ambos.
Renard no salía de su asombro, seguía sin creer lo que acababa de ver. Pero no perdió la compostura y se acercó hasta el joven.
Como si nada hubiera pasado, empezó a comunicarle lo que debía hacer:
Esta gallina tiene una para rota. Lo que tienes que hacer, es curar con un conjuro de sanación la pata. –Miró la cara de Ethian durante un instante y nuevamente fijó su vista en la gallina.
Tras esto, continuó hablando.
–Estaba pensando en que usaras un conjuro de nivel inferior, pero tras ver lo que has hecho con esa bola de fuego, pero creo que lo mejor es que aprendas directamente un conjuro de sanación de nivel medio. –Aún seguía asombrado de las habilidades que Ethian acaba de demostrar.
–El joven asintió con la cabeza y se quedó en silencio.
–Bien, lo primero que tienes que hacer, es concentrarte en el animal que tienes delante. En este caso, esta gallina. Tienes que fijarte en su herida, mirarla detenidamente, y hacer una imagen en tu mente de esta. –Miró detenidamente la pata de la gallina y seguidamente continuó con la explicación.
–Tras esto, debes pronunciar las siguientes palabras. – Antes de pronunciarlas Renard carraspeó y en voz alta pronunció el conjuro.
–“Ente Ciquinia Creiae”.
–Recuerda, debes estar totalmente concentrado, y tener en tu mente la imagen de lo que quieres que se sane. –Durante un momento Renard estuvo pensativo, pero tras pensar un momento, recordó lo que debía decir a continuación.
–Casi se me olvida…-Dijo en voz baja.
–La parte más importante. Debes colocar tu mano suavemente en la zona que quieres curar. Esto tienes que hacerlo mientras recitas el conjuro.
–Está bien. –Ethian quería realizar el conjuro de inmediato.
El viejo mago sostuvo la gallina mientras Ethian miraba detenidamente la pata del animal. Tras unos segundos, el joven cerró los ojos y colocó su mano suavemente sobre la pata de la gallina.
La gallina nuevamente se asustó, pero no forcejeó como en la vez anterior, por lo que no fue un problema mayor.
Ethian se concentró todo lo que pudo y a continuación recitó el conjuro que Renard le había enseñado.
-“Ente Ciquinia Creiae” – Tras recitar el conjuro, la pata de la gallina cambió de posición instantáneamente. Lo había logrado.
Renard miró la gallina y tras mirarla, sonrió al joven.
-Bien, lo has hecho muy bien. –Renard sabía que era el primer día de entrenamiento y que ya habían avanzado hasta el nivel intermedio de conjuros de sanación. Por lo que decidió no seguir practicando ese día, y terminar de recoger el trigo, ya que debía tenerlo listo para el día siguiente y poder llevarlo a la ciudad, lugar dónde posteriormente lo venderían.
Un día más, ambos nuevamente cogieron las hoces del cobertizo y recogieron todo el trigo que pudieron hasta que el calor se hizo insoportable.
Los dos decidieron descansar y beber un poco de agua. En la entrada de la casa había un pequeño abrevadero y junto a este un poste del cual se encontraba amarrado un biom.
Los biomes eran animales que podían recorrer grandes distancias sin necesidad de beber agua. Además podían soportar grandes cargas y alcanzar altas velocidades si lo necesitaban.
A diferencia de animales como las vacas, estos podían aguantar mucho más tiempo sin comer y era ligeramente más grandes.
Junto al enorme animal, se encontraba una carreta de medianas proporciones, la cual, usaban para transportar el trigo hasta la ciudad.
Ambos entraron en la casa y se sirvieron en dos vasos de barro cocido un poco de agua fresca proveniente de un pequeño arroyo cercano al terreno de ellos.
Una vez terminaron de beber volvieron a salir de la casa y se dispusieron a recoger el trigo.
Tras recogerlo, lo colocaron en la carreta y para que este no sufriera ningún daño durante el transporte, le pusieron una vieja manta por encima. Después de esto, ataron al biom a la carreta y ambos se pusieron en marcha.
Los campos que rodeaban al terreno que pertenecía a Renard estaban cultivados con centeno y kriam. Ambos son cereales que los campesinos cultiban, para luego vender a mercaderes ambulantes o venderlos ellos mismo en la gran ciudad.
La región en la que vivían contaba con buen clima durante todo el año. Nunca hacía un frío excesivo o nevaba. Este era el principal motivo por el cual las aldeas del territorio contaban con un elevado número de población.
Mientras la carreta se alejaba cada vez más de la casa, Ethian miraba el paisaje que rodeaba la zona. Siempre que se dirigían a la ciudad, le resultaba interesante darse cuenta de que algo había cambiado.
La aldea en la que los dos vivían era la aldea más cercana a la ciudad, y por lo tanto, la aldea con mayor población y transeúntes. Se encontraba resguardada entre dos colinas, por lo que era bastante difícil que cualquier grupo de bandidos o saqueadores atacara la aldea.
Las casas de la aldea estaban construidas con madera, y la única edificación construida con piedra era la iglesia del pueblo. Se encontraba justo en el centro de la aldea, y era un edificio sagrado muy importante para los lugareños.
Tras las colinas se encontraba un pequeño bosque, y más allá el largo camino que llevaba hasta Mhinyon.

Mientras iban de camino a la ciudad, Ethian le preguntó a Renard.
– ¿Solo vamos a vender el trigo, o tienes otros asuntos que atender?
–Tengo asuntos que atender. – Le respondió con sequedad, pero el joven no se inmutó y el viejo hechicero continuó con la conversación.
–Debo comprar algunas herramientas y plantas curativas para realizar medicinas. –El hechicero miraba al frente sin poner la vista en el joven.
– ¿No es demasiado caro comprar las herramientas? –Ethian dudaba de que con el dinero que reunirían de la venta de trigo pudieran sufragar los gastos que suponía comprar los utensilios.
–No, no lo es. Se las compraré a un viejo amigo comerciante. – El anciano mago había vivido más de quinientos años. Durante todo ese tiempo, había conocido a muchísimas personas, por lo que tenía muchos amigos y contactos en todas partes del territorio.
El resto del camino ambos permanecieron en silencio. Frecuentemente se encontraban en el camino a vendedores ambulantes que habían vendido sus mercancías en la ciudad de Kraia. Era fácil conseguir vender todas las existencias debido al gran número de personas que frecuentaban la ciudad en busca de toda clase de ropa, comida, artilugios y demás efectos.
Tras un viaje de algo más de una hora, los dos divisaron a lo lejos la gran e inconfundible muralla de la ciudad. Una muralla construida más de mil años atrás. Era tan prominente y monumental, que se podía divisar desde kilómetros.
Se había construido con klynmia, la piedra más resistente que se podía utilizar para este tipo de construcciones. Cada vez que Ethian iba a la ciudad se preguntaba cómo habrían construido la gran muralla de más de cuarenta metros de altura y cuántas personas habrían sido necesarias para la edificación de la misma. Era sin duda una proeza digna de elogio.
Unos minutos más tarde, ambos se encontraban frente a las puertas de acceso a la ciudad. Una gran verja de hierro forjado se encontraba elevada a siete metros de altura. El joven aprendiz de mago elevó la vista hacia esta y pudo ver que el paso de los años había hecho mella en esta, pero aún seguía pareciendo muy resistente.
En el pórtico había dos guardias cobrando el peaje de entrada a la ciudad. Últimamente el peaje era más económico debido a que el reino necesitaba el dinero para sufragar las campañas militares, por lo que, cuanto más barato fuese el impuesto de entrada, más personas podrían acceder a la ciudad, por lo que al final, aunque muchas más personas de clases sociales inferiores entraran, podrían recaudar más dinero necesario para campañas militares contra el imperio de Lyndiar.
Ambos bandos habían sufrido grandes pérdidas durante el medio milenio que había durado la guerra, además, no se iba a producir una tregua cercana. El rey Etherled IV del reino de Kraia sentía una gran aversión hacia el rey Eohmuld II del imperio de Lyndiar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a disculparse con el otro, por lo que la guerra no cesaría en los años siguientes. Otras grandes ciudades como Rumhera o Creiea querían que ambos reinos pusiesen fin a las constantes escaramuzas que tenían lugar en las tierras colindantes a ambos reinos.
Rumhera siempre fue una nación de pescadores. Sus habitantes, los Beynmianos, no buscaban la guerra contra ninguna nación, preferían la paz. La mayoría de sus habitantes sabían leer y escribir, por lo que en general, contaban con una población culta e inteligente.
El mayor problema con el que contaban los beynmianos, era el hecho de que la guerra contra el pueblo de Creiea había sido demasiada extensa y había costado la vida de demasiados ciudadanos. Por lo que ambas naciones acordaron el cese de la guerra tan solo ochenta años atrás.
Desde entonces, tanto la nación beynmiana como el pueblo de Creiea no habían parado de crecer económicamente y de entablar rutas de comercio entre ellos y con distintas naciones.

A diferencia de los beynmianos, que contaban con branquias que les permitían nadar y cazar peces sin complicaciones, el pueblo de Creiea había sido desde antaño un pueblo de comerciantes.
Se habían dedicado a la compra y venta de materiales, utensilios y materias primas, y eran muy dóciles en su trabajo. Contaban con excelente guerreros muy bien entrenados en el combate aéreo.
Al igual que los beynmianos, no querían la guerra, por lo que, tras años de disputas, los reyes de ambas naciones habían decidido poner fin a una guerra, que con el paso del tiempo había perdido su razón de ser. Ambos reyes pensaron que era ridículo continuar una guerra sin sentido, una decisión muy acertada.

Tras pagar el peaje de entrada, se dirigieron a la plaza central de la ciudad. El punto donde más comerciantes y demás personas de todo tipo se reunían. Primero tuvieron que pasar la segunda muralla que fortificaba los barrios más ricos de la ciudad. A diferencia que en la mayoría de aldeas, en la ciudad, muchas de las casas habían sido construidas con materiales pétreos y tan solo las casas más pobres estaban construidas con madera. Tras pasar la segunda muralla, la cual era más pequeña y que también contaba con guardias en la entrada, pudieron ver que en la plaza central se encontraban la mayoría de comerciantes vendiendo toda clase de productos. Especias traídas de la isla de Cadeyrn, pieles de los lejanos bosques de Dummonrix, e incluso, frutos exóticos de las remotas tierras de Eitail. Toda clase de personas se reunían en la plaza del comercio, tanto para hablar, como para negociar o tratar otros temas no menos importantes.

La mayoría de los edificios de la ciudad eran edificios de dos y tres plantas, y en la planta baja de estos se encontraban la mayoría de comercios locales. La única excepción dentro de la ciudad, era el gran palacio del rey Etherled IV. Una edificación aún más alta que la gran muralla que resguardaba la ciudad. Cualquier mercader de tierras lejanas, que hubiera visitado por primera vez la gran ciudad, se habría quedado maravillado ante tal construcción.
Ethian no visitaba a menudo la ciudad, por lo que cada vez que se presentaba la ocasión, y tenía la oportunidad de entrar en esta, contemplaba con admiración el gran palacio y su altísima torre.
Renard sabía el lugar adecuado en el que vender por un buen precio el trigo que habían recolectado. Lo llevó a uno de los locales donde se hacía el mejor pan de la ciudad.
Ethian se quedó en el carro mientras Renard hablaba con el encargado del inmueble. En apenas unos minutos, había cerrado el trato, y dos hombres salieron por la puerta, se acercaron al carro donde el joven se encontraban, y se llevaron todo el trigo, dejando tan solo la vieja manta.

Renard había salido tras ellos, con una pequeña bolsa que contenía monedas de plata, por lo que Ethian no se alarmó al ver a los dos hombres llevándose todo el trigo.
Tras vender el trigo, el anciano mago se subió a la carreta y se dirigió a la parte este de la ciudad. Salieron de los barrios más ricos para dirigirse al extrarradio de la ciudad.
La carreta cruzó por varias calles, cada una más estrecha que la anterior, Ethian no pudo reconocer ninguna de las calles por las que habían pasado, pero Renard sabía perfectamente lo que hacía, y en pocos minutos se encontraban en el lugar de destino.
Ambos se bajaron de la carreta, y ataron al biom a un poste que se encontraba junto a la puerta.
Junto a la puerta, había un pequeño y destartalado cartel en el que se podía leer:
–“Hierbas Medicinales Váknix”

La callejuela en la que se encontraba la tiendecita estaba desierta. Ethian pensó que debía de ser una tienda muy poco conocida y que el negocio no les iba demasiado bien a sus propietarios. Pero después de que Renard hubiera abierto la puerta y este le hubo seguido hasta el interior del establecimiento; pudo darse cuenta de que estaba equivocado.
La instancia estaba iluminada por pequeñas lámparas de aceite que se encontraban pegadas a la pared. Algunas zonas de la habitación no estaban bien iluminadas, pero no era ningún problema grave. Detrás del mostrador, se encontraba una gran estantería de madera en la que se podían ver tarros con etiquetas escritas en la antigua lengua de Kraia. Ethian identificó cada una de las plantas que habían en los tarros exceptuando una de ellas, en la cual, la etiqueta del tarro se encontraba demasiado deteriorada como para poder leer lo que estaba escrito en ella.

Junto al mostrador, tres personas esperaban su turno. Renard se puso tras ellos, y esperó a que fuera su turno. El hombre que atendía el establecimiento se percató al instante de la presencia del mago. Por lo que le esbozó una sonrisa pero no se distrajo y continuó con su trabajo.
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MensajeTema: Re: La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?   Lun Abr 14, 2014 4:19 pm

Muy interesante, me he quedado con ganas de más :3 (Ciertamente este reescrito está mejor que el anterior)
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Alejandro Calero
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MensajeTema: Re: La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?   Lun Abr 14, 2014 6:45 pm

eudald escribió:
Muy interesante, me he quedado con ganas de más :3 (Ciertamente este reescrito está mejor que el anterior)

Me alegro de que te haya gustado, por suerte, en dos o tres días subiré la segunda parte, aquí están publicadas 12 páginas y ya llevo 18. El principio no es tan interesante como me hubiera gustado, pero con el paso de las páginas cada vez se pone mejor  Smile 
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eudald



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MensajeTema: Re: La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?   Miér Abr 16, 2014 10:07 pm

Ya estás tardando xDDD
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MensajeTema: Re: La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?   

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La caída de Lyndiar. [Reescrito] 1/?
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